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Publicado el viernes 05 de noviembre de 2010
Edición No. 1067
Personaje
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Un Miró para la historiadora
Vannie Arrocha Morán

Patricia Pizzurno de Araúz. Con un ensayo que desmitifica héroes y que señala cómo el racismo está directamente vinculado a hechos históricos trascendentales, la historiadora se llevó un premio Ricardo Miró a casa.

 

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LA PRENSA/Oliver Meixner
Había descartado ganar.

Estaba en su casa, acababa de llegar de dictar su curso en la Universidad de Panamá, como todos los lunes. Sonó la línea residencial a eso de las 9:30 p.m., y la voz de su amigo Luis Eduardo Henao le anunció que Memoria e imaginario de identidad y raza en Panamá, siglos XIX y XX, había despuntado dentro de la categoría Ensayo del certamen literario nacional más importante, el Ricardo Miró del Instituto Nacional de Cultura (Inac).

De esa forma, la historiadora Patricia Pizzurno Gelós de Araúz se enteró de que aquel ensayo que le sirvió de “psiquiatra” durante la crisis leucémica que sufrió su hija María Belén, la segunda de tres, cumplía su segundo propósito: desmitificar héroes y leyendas de la historia panameña.

El calmante de Pizzurno.

Para sobrevivir a la preocupación de tener a una hija enferma, la historiadora se ideó un jarabe compuesto por lectura, investigación, nacionalidad, racismo y redacción.

La historia tuvo un final feliz: su hija está recuperada y su escrito será publicado por la imprenta del Inac; asimismo, recibió 15 mil dólares, un pergamino y medalla de oro, todo lo cual le fue dado el viernes pasado durante la ceremonia de entrega del Ricardo Miró 2010, en el Teatro Nacional.

Apenas pronuncia palabra se nota que la profesora de turismo histórico no tiene acento panameño.

Ella nació en Uruguay (en Carrasco, un barrio al borde del mar, en la ciudad de Montevideo), pero se nacionalizó panameña a principios de la década de 1980, cuando llegó al país con su esposo, el historiador panameño Celestino Araúz, a quien conoció en la Universidad de Valladolid, España, donde eran estudiantes del doctorado en Historia de América.

El peso de la raza.

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el jurado de Costa Rica, Alexander Jiménez, le entrega el pergamino a Patricia Pizzurno el día de la premiación del certamen literario Ricardo Miró. LA PRENSA/Jazmín Saldaña
El ensayo trata sobre “cómo se va construyendo la nación y qué papel juegan las razas en eso”.

No obstante, Pizzurno asegura que “la nación” era el primer tema del ensayo, pero luego comprendió que no podía escribir de nación sin tomar en cuenta las etnias en los siglos XIX y XX en el istmo, debido a que en el país predominaba una obsesión por “blanquear o civilizar” a la sociedad.

Otrora todos los países americanos “construyen repúblicas que quieren ser imitación de Europa, así que la gente de color, mestizos, mulatos y demás, no ocupan ningún lugar, la idea es blanquearlos, la idea es traer emigración europea para blanquearlos, lo que en aquella época se llamaba civilizarlos”.

Eso crea, según ella, dos mundos paralelos: “grupos populares que tienen una cultura netamente popular y otros grupos elitistas eurocentristas, y comienzan muchos choques. Por ejemplo, el incidente de la tajada de sandía”.

Explica que ese incidente reflejó el racismo que sentían los estadounidenses hacia los panameños.

Adelanta que su ensayo culmina describiendo la denuncia que han hecho algunos jóvenes, a los que les han negado la entrada a ciertas discotecas.

Para ella, su ensayo puede ser “difícil de leer” por desmitificar a héroes como Tomás Herrera, Justo Arosemena y varios más.

Pizzurno, quien creció en un país donde el primer presidente, José Fructuoso Rivera y Toscana, fue figura clave en la exterminación de los indígenas de Uruguay, se declara no racista y considera que “sería una pérdida de tiempo y una estupidez ser racista en Panamá”. “No creo que Panamá sea un crisol de razas”, sino un país “intercultural”, puntualiza.

Íconos históricos.

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Pizzurno, en una de las estanterías de la biblioteca familiar, dice que la lectura brinda reflexión, crítica y conocimiento.     LA PRENSA/Oliver Meixner
“Adoro Portobelo. Amo Panamá Viejo. Panamá es un lugar para enamorarse”, dice la mujer de ojos color miel y  rostro inexpresivo, cuando recuenta los sitios patrimoniales. Asegura que la ex Zona del Canal y la ciudad de Colón deben ser declaradas patrimonio histórico. “Quizás si rescatáramos a Colón sería la ciudad más linda de Panamá”.

Advierte que si se deja perder el Fuerte de San Lorenzo, los panameños “perderíamos la función vital del istmo; el impulso vital que fue el comercio”.

Para ella, el hecho que transformó a Panamá en el siglo XX fue la creación de la Universidad de Panamá, ya que para la década de 1930 el istmo era uno de los pocos países que no tenía una universidad popular y se mantenía el sistema elitista de que solo podían estudiar los hijos de los padres que podían costear los estudios en el extranjero.

A pesar de ser un hecho histórico nacional reciente, la dictadura militar es el menos documentado, afirma, lo que considera una gran pérdida. Se trata de 20 mil cajas de documentos que serían la radiografía de los 20 años de dictadura que no se saben dónde están.

¿Virtud o defecto? Eso se pregunta Pizzurno sobre su carácter perfeccionista, “eso me estresa mucho, mis hijas heredaron eso de mí, se estresan mucho, entonces creo que hay que tener un relax más tropical”.

Se declara “trabajadora. Apolítica. Muy impaciente, excepto con sus estudiantes”.

Los niños enfermos y descalificados por su ambiente social y económico despiertan sus emociones, cuenta. “El Estado tiene una asignación pendiente, que es llevar la educación pública a los mismos estándares que tiene la educación privada”.

“Panamá es un país tan rico que nadie merece ser pobre”.
 

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