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Publicado el viernes 25 de enero de 2013
Edición No. 1192
Diario de Mamá
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Despedidas
Julieta de Diego de Fábrega

Nos unía el poder decir que la Hermana Clemencia Carrizola, de Las Esclavas, se contaba en nuestro círculo de amistades

 

Hay distintos tipos de despedidas y cada una lleva consigo una carga emocional importante. Por ejemplo, está la clásica que vivimos en la adolescencia cuando ese primer novio con el que pensábamos que  pasaríamos la vida entera llega con el discurso de “no estoy seguro, vamos a darnos un tiempo”, etc. Pensándolo bien, esa puede ser una despedida recurrente.

Están otras, las permanentes, que ocurren cuando alguien nos deja para siempre pues se muda del domicilio terrenal a otro que no podemos visitar. También las hay temporales, que pueden ocasionar ausencias largas o cortas dependiendo del motivo de la separación.

El caso es que las despedidas casi siempre son difíciles porque implican la separación de un ser querido. Ya sé… estarán pensando que ocasionalmente nos encontramos con personas que preferiríamos no haber conocido y cuya partida nos trae gran alegría, pero en este caso estamos hablando de la regla y no de la excepción.

Anoche, por ejemplo, se reunió un grupo muy heterogéneo. Gente joven, no tan joven, profesionales de variados ramos. Nos unía el poder decir que la hermana Clemencia Carrizosa, de Las Esclavas, se contaba en nuestro círculo de amistades. Para algunas el vínculo lleva más de 30 años y para otras unos cuantos menos, pero Cleta –como la llamamos de cariño– tiene la habilidad de llegarle a uno al corazón en tiempo récord.

Yo personalmente me cuento entre las que mantenemos las amistades más jóvenes, ya que apenas supe de ella hace unos 12 o 13 años, mientras que otras la vieron entrar en sus vidas en los 70 cuando vino por primera vez a Panamá.

Hace unos años Cleta se mudó a San Félix, donde le tocaría trabajar con la gente del área y de la comarca. Sé que fue un cambio difícil, pero ella, obediente como es, lo asumió y lo desarrolló todo lo bien que su mente privilegiada le permitió. Esa fue quizás la práctica que tuvimos para aceptar su partida hacia Colombia ahora con carácter más definitivo.

Claro que Bogotá está cerca y que la podremos visitar, pero no es igual que tenerla en territorio nacional. Anoche se respiraba un aire de tristeza mezclado con una enorme felicidad. Lo primero por verla partir, lo segundo por haber recibido el regalo de su amistad, por saber que cada día estamos en sus oraciones, por haber conocido un alma buena.

Hicimos un gran esfuerzo por no ponernos tontas e inundar la sala con nuestras lágrimas; queríamos que fuera un momento alegre como ella, queríamos que la despedida fuera recordada no como una ruptura, sino como un afianzamiento del vínculo que a través de los años hemos forjado. Nos fue bien porque pudimos darnos abrazos muy apretados y compartir historias pasadas. Una que otra lagrimita llegó al piso, pero a pesar de ser “gente grande” hay ocasiones en que vale la pena llorar. Ya no la tendremos “a mano”, pero guardamos un cúmulo de enseñanzas y consejos que podemos sacar del baúl cada vez que los necesitemos. ¡Gracias Cleta, has sido un regalo invaluable!

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