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Publicado el viernes 25 de enero de 2013
Edición No. 1192
Entre nos
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Entrega de corazón
Educar y compartir
Laura Díaz Sanjur
Fotos. Jazmín Saldaña y cortesía

María Clemencia ‘Cleta’ Carrizosa

 

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Es de esos nombres que parece que todos reconocen, que saben dónde estuvo y qué hará este año. Revisando la hoja de vida de la colombiana María Clemencia Cleta Carrizosa, uno comprende tanta fama: nace de sus 23 años de trabajo en Panamá, en obediencia a las reglas de la comunidad religiosa Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, y adicional de sus dos períodos como directora del colegio Las Esclavas.

La casa religiosa la destina ahora a un colegio de Las Esclavas en la capital colombiana, una labor muy diferente a la que efectuó los últimos siete años, tiempo donde le tocó renovar, junto con otros voluntarios, el Centro de Capacitación y Formación Nuestra Señora del Camino, en San Félix, Chiriquí.

Señala que es un centro comunitario de nivel 4, con amplios salones, computadoras, una completa panadería, centro pastoral, sembradíos, un salón para elaborar bolsas y manteles trabajados por mujeres del pueblo e indígenas; centro de adultos mayores y una casa amplia donde se atienden y pernoctan las mujeres ngabes con embarazos de alto riesgo.

Educadora. Recuerda la hermana Clemencia que a su llegada, su primera impresión de los panameños fue muy buena. “Creo que el panameño es acogedor y sensible, se afecta rápidamente con el dolor del otro y eso le mueve el sentido de la solidaridad”.

En sus primeros años recorrió los pasillos del colegio y conoció a sus primeras alumnas, a las que vio crecer, abandonar el colegio y traer, con los años, a sus hijas. “Cada promoción es como una familia y los vínculos son muy fuertes”.

Su compromiso religioso la impulsa al trabajo con los más necesitados, y por eso, explica, su entrega a  los campamentos de servicio social en Churuquita, Coclé;  en Las Mañanitas, Tocumen; y por último en San Félix.

Sus años al frente del colegio Las Esclavas le permiten evaluar la actual situación de la educación. Señala que actualmente se ha removido o están por removerse del pensum las materias de agricultura, gobierno y relaciones de Panamá con Estados Unidos, porque “la primera no va acorde con una ciudad, y la segunda porque es muy especializada”, y se incluye en la clase de historia.

“Lo que sí no se debe dejar y a nivel oficial sí se ha dejado es la materia de religión. Me da mucho dolor esta separación”, sostiene, y dice que cuando fue encargada de la Pastoral Educativa de la diócesis católica, visitó escuelas oficiales y preguntaba por el libro de religión, y recibía como respuesta que no había un libro oficial.

Asegura que ella mantendría el horario escolar de 7:30 a.m. a 2:05 p.m., pues considera que “es mejor tener la mente ocupada en la escuela que llegar a la casa y solo estar conectado a la televisión o la internet”.

“El campamento de servicio social de Las Esclavas se inclinó hacia el carácter pedagógico y de refuerzo con los niños por la manera de pensar de nosotras, nuestro carisma es la reparación de la imagen de Dios que se ha perdido en los humanos. Nos inclinamos mucho al trabajo directo con la persona, ya sea para escuchar, orientar o ayudar”, explica.

Para la religiosa, lo mejor que las estudiantes pueden dar de sí mismas y compartir es lo que han aprendido de carácter pedagógico, “porque uno puede hacer trabajos manuales como construir una pared, pero sin involucrarse con la gente”.

Las Esclavas ha mantenido su campamento de servicio social sin ser obligatorio, porque le quieren dar la oportunidad a las estudiantes de que les nazca el deseo de ayudar. En este campamento de San Félix las estudiantes imparten clases en las mañanas, y en las tardes trabajan en el huerto, además de  estar con las embarazadas de alto riesgo o los ancianos. Hace notar que el servicio social en Las Mañanitas entre semana es obligatorio.

Su experiencia le dice que enseñar cualquier materia es distinto entre la ciudad y el pueblo. “El entorno de la ciudad tiene muchos elementos que ayudan a mantener la mente ágil, lo que no sucede en el pueblo, donde no hay tantos elementos que motiven, y por mucho que los maestros se preocupen, los incentivos no son los mismos”.

Además, la experiencia le permite estar al tanto de los premios y obstáculos del sistema educativo. “Me quito el sombrero ante los profesores que enseñan en la comarca. Viven todos juntos, son alrededor de seis personas en un cuarto. Caminan mucho para llegar a la escuela. ¿Qué estímulo tienen estos profesores? Su vocación es fuertísima, son educadores que de verdad quieren hacer algo por los otros”.

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Solidaridad.  Hace siete años, la hermana Cleta aceptó el reto que lanzó el jesuita Adonaí Cortés, del Colegio Javier, de marcharse de misión a Chiriquí. El padre Adonaí, con quien comparte la espiritualidad ignaciana de las religiosas del Sagrado Corazón, expresó con la comunidad de monjas su deseo de levantar el Centro de Capacitación y Formación Nuestra Señora del Camino y pidió ayuda. Para la monja fue el Señor quien les motivó, y luego de conseguir aprobación de la Casa General, un grupo de religiosas se marchó a San Félix.

La llegada al pueblo chiricano tenía como objetivo levantar el centro y soñar con salones y pasillos que hoy son realidad. Recuerda que al llegar, el pueblo estuvo a la expectativa gracias a una “magnífica relación” con la directora del colegio de San Félix, Olivia Batista, donde las alumnas de Las Esclavas efectuaban su trabajo social por dos semanas antes de ingresar al XI grado. “Pedimos que nuestras alumnas fueran a enseñar y ella aceptó, porque los niños [de San Félix] necesitan mucha ayuda y mucho cariño”.

“Cuando estaba encargada del centro veía cómo los indígenas aplicaban lo que se les enseñaba. Cuando ellos volvían al centro contaban cómo hicieron una siembrita o una producción en el estanque de peces, y lo que vendieron a la gente de la comunidad”, cuenta con una gran sonrisa.

Se lleva en el corazón la alegría de un grupo de aplicados estudiantes del centro que organizaron su primera feria libre de productos, todos sembrados y cultivados por ellos mismos. “Al verlos contentos y orgullosos yo me decía: ‘Esto es fenomenal”.

Despedida.  Para Cleta, despedirse de Panamá será muy difícil. “No soy llorona, me cuesta mucho llorar, pero siento que el corazón... son muchas generaciones y a pesar de que no les di clases a todas. Mis exalumnas son como mis hijas, sus hijos son como mis nietos, y más que hijas y nietas, son mis amigas. Las he visto crecer, y despedirse de las familias grandes cuesta mucho”.

Asegura que recordará a Panamá como un regalo de Dios, que le dio experiencia de vida, un regalo de cariño y amistad. “Un regalo donde todo es bueno”.

 

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